Luis Carlos Ugalde EN REFORMA (OPINIÓN)
Cuando era niño, el futbol era una liturgia de la esperanza. Recuerdo pasar fines de semana enteros pegado a la pantalla de televisión, ir a los estadios de la mano de mi madre y, en los momentos más críticos, hincarme a rezar con el corazón en un hilo para que mi equipo ganara. Seguía a la Selección Nacional en cada Mundial con una fe ciega y una lealtad absoluta que invariablemente terminaban en sufrimiento agónico. Recuerdo el tremendo fracaso de Argentina 1978, cuando el equipo regresó con tres derrotas al hilo y una goliza de seis goles que nos propinó Alemania; también la dolorosa descalificación previa para España 1982 y, después, la efímera fiesta de la esperanza en México 1986.
